viernes, 3 de octubre de 2008

El arte de la novela 1/Haz lo que quieras



La primera novela que me fascinó fue, indudablemente, La historia interminable.
¿Hubo otra antes? Se pregunta Humbert Humbert evocando los motivos secretos que lo llevaron a maravillarse de Lolita. Pues está Momo, del mismo autor. La historia de la niña que peleó contra los ladrones del tiempo junto con su amiga Casiopea. Pero no fue la misma emoción que me produjo la historia interminable, que lamentablemente parecía tener fin a pesar del título. Sin embargo, entre la frase Libros de ocasión escrito al revés y el capítulo final en el que Bastián llega a la fuente de la vida y se reconcilia con su padre mi fascinación encontró un manantial inagotable. Las aventuras de Atreyu, el piel verde, luchando contra la nada mientras se encuentra frente a enemigos formidables, fueron sólo el principio. Después Bastian Baltazar Bux se mete en el libro y obtiene el poder del Auryn que sólo tiene una regla: “Haz lo que quieras”, y entonces la imaginación que guía secretamente al narrador simplemente rompe el dique que separa la fantasía de la “realidad”. Todo es posible. Y quiero decir, todo, desde un ser que nace viejo y se muere siendo un bebé hasta larvas que lloran y crean un mar de lágrimas, pasando por una bruja que vive en una mano o un ser que es únicamente la voz con que habla.
Con el paso del tiempo me fui dando cuenta de algunos de los secretos mecanismos ocultos en la Historia interminable. Algunos ya estaban el La odisea, por supuesto, pero muchos otros fueron creados por el autor, aunque tengan su origen en los más diversos arquetipos (para usar una expresión de Jung). Sobra decir que la fuente de la vida es algo que está presente en las más diversas culturas. Y si de personajes extraños y excéntricos se trata tenemos a Alicia en el país de las maravillas y a la desconocida novela de Amos Toutola, Mi vida en la maleza de los fantasmas, un verdadero muestrario de la fantasía africana y sus más oscuras pesadillas (como ejemplo, una mujer que tiene a sus maridos en el vientre).
En La historia interminable ocurre, un poco como en Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, que el lector es un personaje más. Si para Richard Linklater (el director de esa maravillosa película que es Walking life y de Scaner darkly) todos somos perdedores la mayor parte del tiempo, Bastian Baltasar Bux (tres bes) representa al antihéroe por antonomasia. Una nulidad en todo el sentido de la palabra como diría el señor Karl Koread Konder (tres k´s) y cuya única virtud es tener una fantasía interminable. “Las pasiones humanas son un misterio. La de Bastían eran los libros”. Que arroje la primera piedra quien no se haya sentido aludido. La vida, a fin de cuentas, es casi siempre aburrida y tediosa (al menos para quienes no tenemos un espíritu aventurero muy desarrollado). Quien no se recuerde abandonado sin motivo por la chica que amaba o imposibilitado para viajar a ese maravilloso país al otro lado del mundo por falta de tiempo y dinero no entenderá La historia interminable de la misma forma ni el poder del fascinante Auryn, que lleva primero al lector Bastian/lector de la vida real a la selva Peregrin y al desierto (solo para empezar). Bastian simplemente pierde la cabeza ante tanto poder, como haría cualquiera, y cae en las garras de la bruja Xayide y de sus gigantes de hierro. Ella podría verse como la representante de la ambición, en una lectura simple, pero también como las acechanzas de la edad adulta. Por eso Bastian debe ir a La casa de cambio, con doña Auiola, para comprender que la vida está en constante cambio y que nada es estable.
(continuará).

sábado, 22 de marzo de 2008

Mi canon/el hospital judío del sexo y la muerte

El sexo y la muerte, las dos fuerzas más poderosas que gobiernan el destino del ser humano. ¿O alguien está en desacuerdo?
Quizá los médicos.
Para alguien cuyo trabajo es el cuerpo humano ocurre algo muy curioso. Lo poético y lo maravilloso deja de serlo y las relaciones entre dos seres, en una cúpula que intenta congeniar lo separado, lo que una vez debió estar unido, se convierte en un hecho científico mesurable y aun más, observable.
Eso no impide que en un hospital el espíritu llame al espíritu y la carne sea tan débil como en cualquier otra parte. O probablemente, aun más. Un médico ve cara a cara a la muerte todos los días, y no hay algo más vivo que un cuerpo sobre, bajo, al lado de uno, pero palpitante y en su estado más carnal y lleno de líbido.
Sin embargo, creo que los médicos en ocasiones guardan un secreto que no se atreven a confesar. Probablemente hay más sexo en los hospitales del que un respetuoso cirujano se atreve a admitir. Y tampoco es algo de lo que se enteren todos. Probablemente la fantasía casi lugar común de las enfermeras sea algo más. Una especie de “mito primordial” que oculta apenas, con un par de velos, lo duro que resulta la práctica médica diaria y la necesidad de un bálsamo.
¿Pero cómo realizar una investigación en lo que se oculta? ¿A quién preguntarle? Una cuestión difícil tomando en cuenta, sobre todo, el hecho de que hay un tabú general a ver la práctica médica desde un punto de vista que no sea como “guardianes de la vida”, como seres sumamente congraciados con su profesión, que han decidido sacrificarse en aras de los enfermos que tanto les necesitan.
Al respecto La casa de dios (editorial Anagrama), de Samuel Shem -probablemente la mejor novela que se haya hecho sobre la práctica médica-, es una de las mejores maneras de entrar “hasta el quirófano” en la práctica diaria de los aspirantes a doctores, muchas veces inmersos en situaciones totalmente absurdas e inconcebibles. Algunas casi kafkianas. Por descontado, es una novela sin tabúes que se atreve a denunciar lo que normalmente no se dice sobre el sistema médico.
El prólogo a esta obra maestra es del escritor John Updike, famoso por su ciclo de novelas sobre “Conejo” Amnstrong, (una detallada anatomía de la vida cotidiana en las ciudades pequeñas de Estados Unidos). Updike compara La casa de dios con Catch 22, la novela de Joseph Heller sobre la formación de los soldados, con el agregado detalle de que los hospitales habían sido un tabú hasta ese momento:

"En el entorno mórbido imperante, los arrebatos de lujuria llegan de un mundo tan remoto como el de las cartas del padre de Basch, con sus asociaciones serenamente ilógicas. La actividad sexual entre enfermeras y médicos aparece aquí como alivio mutuo, como refugio de ambas categorías de prodigadores de cuidados, agobiados por la enfermedad y la muerte circundantes, por todo lo que de desagradable y patético y fútil y repulsivo hay en la carne mortal".

Roy Basch, protagonista de La casa de dios, comienza su narración con un punto de vista muy singular del deseo sexual. Ha pasado su internado en La casa de Dios –un hospital fundado por el Pueblo Norteamericano de Israel para que sus hijos e hijas calificados laboren como Diós manda, y disfruta unas merecidas vacaciones en Francia con su novia:

"Si exceptuamos las gafas de sol, Berry está desnuda. Incluso ahora, de vacaciones en Francia y con mi año de interno recién enterrado en su fosa, sigo sin ser capaz de ver sus imperfecciones físicas. Adoro sus pechos, la forma en que cambian cuando se echa, boca abajo o boca arriba, o cuando se pone de pie, y cuando camina. Y cuando baila. Oh, cómo adoro sus pechos cuando baila. Los ligamentos de Cooper los mantienen erguidos. Los Caídos de Cooper, cuando se dan de sí. Y su pubis (sínsifis púbica), en el que el hueso bajo la piel es la verdadera fuerza que conforma el Monte de Venus".

Desde que Roy Basch entra en la Casa de Dios su vida se desquicia completamente. Comienza a descubrir que en los hospitales también hay jerarquías. Tortuosas y complicadas jerarquías kafkianas que están incluso sobre la vida de las personas. Cualquiera que haya trabajado en una “institución” entenderá un poco al respecto, con el hecho agregado de que “los peces” comercian con la salud y con la vida de sus pacientes. “Las cosas deben hacerse como nosotros decimos”. Pronto el protagonista descubre, con ayuda de su mentor “El gordo”, que las labores deben hacerse de manera distinta a como le enseñaron en la universidad. Esto lo va aprendiendo rápidamente el protagonista. Algunas de las sabias frases del “Gordo” son: “Los gommers no mueren” (Así se llama a los ancianos que parecen ser eternos en sus quejas y enfermedades). Los jóvenes, en cambio, parecen ser los que más rápido perecen, en una triste ironía como la del joven médico negro cuya enfermedad incurable lo lleva en un par de meses a la tumba.
En medio de un clima de locura, entre doctoras ortodoxas y perfeccionistas que echan todo a perder y gommers que no dejan de provocar lata, Roy encuentra un escape. Las enfermeras de la casa de dios son muy hermosas y deshinibidas. Constantemente el protagonista siente deseo por ellas, sobre todo en los momentos difíciles. Y ellas no son precisamente ajenas a este deseo sexual que flota en el ambiente. Al contrario, parecen fomentarlo. Como Molly, la enfermera más cachonda del hospital y una de las amantes de Roy:

"Siempre que pensaba en Molly, pensaba en sus ´inclinaciones´ y en su ropa interior de encaje y en las lágrimas que había derramado al pensar que iba a morir cuando se bajó las bragas para enseñarme aquel lunar en lo alto del muslo. Siempre que pensaba en Molly, algo bullía dentro de mis pantalones, y me sentía más joven, y se me encendía un fulgor en la mirada, y pensaba en mi primer amor, en aquel caos agridulce de hurgar a tientas en broches y cinturones y cremalleras y de pensar en padre y de arrellanarnos en sofás y en asientos delanteros y traseros de coches y en butacas de cine y en rocas y en cualquier parte menos en la cama".

Pero Roy no es el único que tiene relaciones con las enfermeras. Los otros internos, de distintas maneras y por diferentes razones, también lo hacen. “El enano”, un asustado aprendiz de médico que tiene como novia a una frígida poeta feminista, logra salir con una de las enfermeras más codiciadas del hospital justo en una de las más caóticas guardias de Basch, con lo que tiene una noche magnífica y se empieza a propagar el rumor de que ella “hace cosas maravillosas con la boca”.
Sin embargo, el “clímax” (literalmente) del libro la constituye la orgía del capítulo . Aunque no se entiende del todo si lo que aquí se narra ocurre de verdad o sólo en la imaginación sadiana de Basch. En todo caso, es en fragmentos como éste en que Samuel Shem se revela como un brillante escritor que combina con gran eficacia el humor, el erotismo y el drama, logrando además una escena que se fija en todos los sentidos.

!Muslos de trueno me desató, y en cuanto tuve los brazos y las piernas libres abarqué con cada uno de ellos su cuerpo, de forma que estaba dentro de ella y fuera de ella al mismo tiempo, y entonces, como un gommer que hubiera recibido el tratamiento de Rejuvenecimiento de Ponce de León, le di la vuelta y la tumbé boca arriba y me puse encima de ella y empecé a hacer lo que alguien sin pelos en la lengua llamaría follar como es debido, y mientras le daba duro al asunto como un auténtico León pensé en romperle las narices al doctor Leggo, y entonces Ángel empezó a gemir y a decir algo que, ahora sin necesidad de gesto alguno, sonaba como: “fóllame el coño, mi niño…, fóllame el coño, mi niño”.

Cuando le pregunté a una amiga doctora si en los hospitales había sexo me respondió tajantemente que sí, y mucho. Sin embargo, el hecho de que el elemento más esencial de la vida ocurra en un lugar u otro no es lo más importante. Creo que lo que más interesa es la intrínseca humanidad de los médicos, a veces oculta por el común afán de considerarlos guardianes entre la vida y la muerte. Con su cinismo habitual “El gordo” pregunta a Roy –después de decir que los médicos no son diferentes del común de los mortales. Sólo fingen serlo para hacerse los importantes- que “la mayor fuente de enfermedades en este mundo es la enfermedad del propio médico: su compulsión de tratar de curar y su equivocada creencia de que puede hacerlo. No es tan fácil no hacer nada, ahora que la sociedad le dice a todo el mundo que su cuerpo está lleno de imperfecciones y a punto de autodestruirse”.
En todo caso, esta novela ya es bastante interesante simplemente por su sexo desenfrenado y su mensaje entre líneas: si el sexo y la muerte son las dos fuerzas más poderosas entonces la segunda es la mejor manera de afrontar a la segunda, y un hospital el sitio en donde ambas líneas llegan a cruzarse. Y si no, que le pregunten a Roy Basch y a su diario coqueteo con ambas en su forma más pura y más directa.

viernes, 22 de febrero de 2008

Mi canon/Crónicas desaforadas de un voyeur de la cultura



Harold Bloom, ese gordo simpático que se la pasa hablando de la angustia de las influencias, el agón, y Shakespeare, ha retomado el concepto canon del monumental estudio de Ernest Robert Curtius, Literatura europea y edad media latina, para quien dicha idea, así como el de lo clásico, tenía su origen en la antigua retórica y era como “esto es bueno, esto no tanto, eso apesta”.
Un canon “personal” podría parecer una contradicción. Sin embargo, no hay duda que cada uno tiene sus influencias (y sus angustias). Libros o cualquier otro tipo de cosas que lo hayan marcado durante su vida, ya sea que esto se refleje en su trabajo o haya influido de una manera más profunda. Por ello me permito la osadía de hacer mi propio canon, parafraseando a Gabriel García Márquez cuando publicó la segunda edición de La mala hora (al añadir los “barbarismos” que un editor “prejuicioso” había quitado): por obra de mi soberana voluntad.
Comenzamos con un librito publicado por la editorial Losada que reúne a dos grandes de la literatura argentina en un solo personaje: Crónicas de Bustos Domeq. Juntos han creado una hilarante sátira del mundo cultural y artístico que difiere notablemente de lo que escribió cada uno por cuenta propia (aunque es memorable el inicio de Tlon, uqbar, orbis tertius, en donde Borges, cenando con Bioy Cásares, descubre una misteriosa enciclopedia y recuerda esa famosa cita: “la cúpula y los espejos son abominables porque multiplican el número de los hombres”). Compuesto por veinte relatos que no rebasan las cinco páginas de extensión, pero que compiten entre sí en hilaridad e ironía. ¿Acaso esta troupe de artistas fracasados y embusteros literarios no representa lo que, en cada región abunda? En Veracruz y sobre todo en Chiapas (los sitios que conozco más a fondo) estos personajes podrían encontrar referentes en carne y hueso. Aunque hallo más honestidad en sus quiméricas e imposibles empresas que en los pedrestres intentos “poéticos” de muchos de mis contemporáneos.
El libro abre con “Homenaje a César Paladión”. Un relato que da carta de naturalidad al plagio como un hecho inevitable en la literatura, pero llevado a su expresión máxima:

“El periodo 1911-19 corresponde, ya, a una fecundidad casi sobrehumana: en rauda sucesión aparecen: El libro extraño, la novela pedagógica Emilio, Egmont, Thebussianas (segunda serie), El sabueso de los Baskerville, De los Apeninos a los Andes, La cabaña del tío Tom, La provincia de Buenos Aires hasta la definición de la cuestión Capital de la República, Fabiola, Las geórgicas (traducción de Ochoa), y el De divinatione (en latín)”.
El cronista no encuentra una clara evolución mental en la obra de Paladión, quien además –patetismo de patetismos- “tuvo que costar, de propio peculio la publicación de sus libros”. Cualquiera que piense en tantas ancianas ansiosas de contar sus aburridas existencias o en ansiosos tinterillos entenderá lo patético de la frase.
“Una tarde con Ramón Bonavena” resulta un relato magistral sobre el descripcionismo llevado al extremo y una burla de ciertos empeños literarios como el nouveau roman. Los seis volúmenes de Nor-noroeste se concretan, única y exclusivamente, a narrar lo que pasa en el ángulo de una mesa, con sucesivas adiciones de un cenicero de cobre, un lápiz de dos puntas, un alfiler, etc. El cuento provoca, por otro lado, una profunda reflexión sobre la imposibilidad de describir el mundo. Ponerse a hablar sobre algo es ya apelar al infinito.
Naturalismo al día retoma un texto de Borges –sobre la idea de que un mapa exacto abarcaría todo el territorio que quiere mostrar- y nos muestra a una serie de artistas que, ante la necesidad de crear una obra prefieren, simplemente, tomar lo que está ya hecho, como el crítico que, al hacer un análisis de La Divina comedia entrega a la editorial el infierno, el purgatorio y el cielo de Dante, o el poeta que gana un concurso de poemas a la rosa llevando, simplemente, una de estas flores.
Catálogo y análisis de los diversos libros de Loomis es una burla a los literatos que, pretendiendo escribir una obra maestra, la escamotean a amigos y conocidos sólo para al final revelar que nunca llegaron a nada. Recuerda, sin duda, Leopoldo, sus trabajos, el cuento de Augusto Monterroso sobre un escritor que se pasa investigando a fondo pero nunca escribe. El texto imita un ensayo serio acerca de un autor ya muerto, con un catálogo y breve análisis de las obras que escribió. Al principio parece que se trata de poemarios sumamente vitalistas, pues se explica que, para escribir Catre el autor vivió mes y medio en una pocilga para familiarizarse con dicha palabra. Aprendió vascuence para escribir Boina. O que una dolencia duodenal le llevó a escribir Nata. Pero al final se nos revela que en la obra de este autor el título y la obra son exactamente lo mismo:

“La obra de Loomis, según el cómputo maligno de un crítico, menos versado en literatura que en aritmética, consta de seis palabras: Oso, Catre, Boina¸Nata, Luna, Tal vez. Así será, pero detrás de esas palabras que el artífice destilara ¡cuántas experiencias, cuánto afán, cuánta plenitud!”.

El cuento acentúa aun más la ironía al final, cuando nos explica que una secta de cabalistas quería amalgamar las seis palabras del maestro en una frase simbólica. O que algunos editores querían incluso traducir su obra.
“El gremialista” es un texto sobre el hecho de que cada actividad humana, por mínima, breve o secreta que sea, es algo compartido. Con un lacónico estilo se resalta el intento del doctor Baralt por reseñar, en los seis volúmenes de Gremialismo, todas las posibles agrupaciones humanas. Empresa imposible de antemano pues alguien que enciende un fósforo y lo apaga sale de un grupo y entra en otro. Lo mismo que los que ahora en Brasil o África aspiran el olor de un jazmín o leen un boleto de micro. Pero recopilar una lista completa de los gremios tendría obstáculos:

“pensemos por ejemplo, en el gremio acual de individuos que están pensando en laberintos, en lso que hace un minuto los olvidaron, en lso que hace dos, en los que hace tres, en los que hace cuatro, en los que hace cuatro y medio, en los que hace cinco… En vez de laberinto, pongamos lámparas. El caso se complica. Nada se gana con langostas o lapiceras”.

“Lo que falta no daña” y “Ese polifacético: Vilaseco” son, respectivamente, la elipsis llevada al extremo (El protagonista pone a su novela Hágase hizo por la frase de la biblia Hágase la luz y se hizo.) y la repetición, pues aunque Vilaseco escribió varias obras todas tienen exactamente las mismas palabras. Varios de los relatos son variaciones y parodia de un mismo tema: el arte moderno. Aquí tenemos a artistas que, como esos instaladores que ponen una mancha en la pared y hacen una exposición, llevan la representación a extremo ridículos, como el escultor que pone un rótulo a una plaza y sugiere que todo, desde el piso hasta el cielo, es su obra. O el pintor que hace cuadros de calles y luego las pinta de negro. Hay también un guiño al arte corporal. Un personaje que sale desnudo a la calle pero pinta en su cuerpo un traje que incluye bastón y reloj de bolsillo (Vestido l).
Hay también referencias al arte culinario: Una escuela que pugna por el regreso a los sabores básicos: salado, dulce, amargo y ácido. Así como un arquitecto que hace un edificio perfectamente “infuncional”. Y también la idea de una historia en que cada nación sería solamente vencedora (Francia habría tenido una gran victoria en Waterloo).
Esse est percipi es un pequeño relato (me hizo pensar en Philip K Dick) sobre la idea de que el futbol es una farsa y que los partidos están arreglados. De esto se da cuenta el narrador cuando descubre que ha desaparecido el monumental estadio de River. El libro cierra con “Los inmortales”, un cuento sobre la posibilidad de la inmortalidad que recuerda el texto que recuerda aquel breve relato que estos dos argentinos, junto con Silvina Ocampo, incluyeron en su Antología de la literatura fantástica. Una anciana que pidió la inmortalidad pero no la juventud eterna. Llegó a ser tan pequeña como una rata y a moverse una vez al año. En este caso. Bustos Domeq huye de la propuesta que le hace el doctor Narbondo.
Así termina el libro de este escritor magnífico: Honorio Bustos Domeq. Un autor que no es Bioy ni Borges pero que sintetiza el genio de ambos y agrega grandes dosis de humor e ironía. Algo que puede verse con mayor detalle con la reciente salida del libro Borges, de Bioy Casares, donde Borges no sólo es erudito y libresco, sino que también tiene, como no, un gran sentido del humor y una amplia capacidad para la ironía.

sábado, 2 de febrero de 2008

En la masmédula


Ningún Stradivarius es comparado en forma, ni en resonancia, a las caderas de ciertas colegialas
Oliverio Girondo, Membretes

Para Abisue Cortés. Lector fiel

La relectura de Oliverio Girondo me ha provocado querer patear todo. “Hay días en que no soy más que una patada. ¿Pasa una motocicleta? ¡Gol!... en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una calva?... Allá va por el aire hasta ensartarse en algún pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina? Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.”
¿Quién es este sorprendente y maravilloso poeta? No es una personalidad. Es un Koktail de personalidades. El Oliverio de carne y hueso murió en Buenos Aires. El otro se ha perpetuado en la imaginación de desencantados vitales como el conflictuado protagonista de la película de Eliseo Subiela, El lado oscuro del corazón. Ahí aparece vendiendo sus poemas a los automovilistas, empujando un pene gigante por las principales calles de Buenos Aires o recitando ese famoso poema sobre las mujeres voladoras para después apretar un botón y abrir una trampa en su cama.
En todo caso, son los poemas del Oliverio lo que aquí nos interesa. El conjunto de esta obra es una de las más interesantes empresas poéticas en Latinoamérica. Oliverio fue un cosmopolita y un atento observador de las cosas y sus movimientos. Su primer libro, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, es la bitácora de viaje de un salvaje americano que se deleita recorriendo el mundo y anotando todo lo que sus azoradas pupilas engullen. En este primer libro se alternan poemas sobre Río de Janeiro, Dakar, o Venecia, como en este Croquis sevillano:

“Pasan perros con caderas de bailarín. Chulos con los pantalones lustrados al betún. Jamelgos que el domingo se arrancarán las tripas en la plaza de toros”.

con imágenes de Buenos aires llenas de erotismo, como éste dedicado a Las chicas de flores:

Las chicas de flores, se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda”.

Calcomanías también está impregnado con la mirada que quiere asirlo todo y el cosmopolitismo exacerbado. Así Toledo:

“perros que se pasean de Golilla
Con los ojos pintados por el Greco”.

Con Espantapájaros hay cambio. Se vendió bien (“Un libro debe fabricarse como un reloj y venderse como un salchichón”) pero fue poco comentado. Escribe Rose Corral:

“Al énfasis puesto en la plasmación sensorial de las cosas cede el lugar a la exploración de pulsiones ocultas e incontroladas, al despliegue de lo imaginario, a una suerte de indagación en torno al sujeto o a la identidad, una identidad expansiva que quiebra la oposición convencional entre lo interior y lo exterior, entre el yo y el mundo. El erotismo y la mujer, motivos centrales del surrealismo, cobran igualmente una fuerza inusitada en este volumen”.

Es curiosa la fama que ha adquirido el primer texto. En realidad nadie sabe lo que significa que una mujer sepa volar o que tenga las nalgas a 78 centímetros del suelo. ¿Es nuestro poeta un misógino? Más bien se trata de una obsesión constante de Oliverio. Espantapájaros está permeado por irreverente erotismo que abarca todo, como en el texto siete: “Amor impostergable y amor impuesto. Amor incandescente y amor incauto. Amor indeformable. Amor desnudo”. O el texto doce, único con forma de poema:

“Se miran, se presienten, se desean
Se acarician, se besan, se desnudan
Se respiran, se acuestan, se olfatean,
Se penetran, se chupan, se demudan…

O el poema 22, donde se clasifica a las mujeres por su sexo:
“Las mujeres vampiro son menos peligrosas que las mujeres con un sexo prehensil”

Pero nada como la advertencia de la abuela en el texto catorce:

“Las mujeres cuestan demasiado trabajo o no valen la pena. ¡Puebla tu sueño con las que te gusten y serán tuyas mientras descansas!”
“No te limpies los dientes, por lo menos, con los sexos usados. Rehúye, dentro de lo posible las enfermedades venéreas, pero si alguna vez necesitas optar entre un premio a la virtud y la sífilis, no trepides un solo instante ¡El mercurio es mucho menos pesado que la abstinencia!”

Los siguientes poemarios fueron Interlunio, un largo poema en prosa dedicado a su esposa, la poeta Norah Lange, y Persuasión de los días. En éste el tono cambia. Se trata del cansancio y del tedio de Ejecutoria del miasma:

“Este clima de asfixia que impregna los pulmones
De una anhelante angustia de pez recién pescado.
Este hedor adhesivo y errabundo,
Que intoxica la vida
Y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo”.

Hay ecos de Lautreamont y de Baudelaire, aunque tenues. Lo que más se nota es que el poeta ha alcanzado madurez en su voz. Un recurso que se usa mucho es la repetición de vocablos y de motivos, como es el caso de Rebelión de vocablos. Pero también en Arena, en donde ésta palabra denota un profundo tedio:

“De arena el horizonte
El destino de arena
De arena los caminos
El cansancio de arena”.

Así llegamos a En la masmédula, su último y más complejo libro. Se han dicho varias cosas. Que se parece a Trilce, de Vallejo, en su manera de llevar las palabras al límite, cortándolas, juntándolas o alterándolas. Me detendré un instante en Noche tótem:

“Son los trasfondos otros de la in extremis médium
Que es la noche al entreabrir los huesos
La mitoformas otras
Aliardidas presencias semimorfas
Sotopausas sosoplos.”

Quizá se pueda relacionar con una idea de Apollinaire: “Un poema o una sinfonía de fonógrafo podría muy bien consistir en ruidos artísticamente escogidos y líricamente mezclados o yuxtapuestos mientras que por mi parte, yo no estoy por la idea de que se pueda constituir un poema imitando un ruido sin ningún sentido lírico, trágico o patético”

Hasta aquí un brevísimo recorrido por la poesía de Girondo. Quedémonos con el Espantapájaros, “La desorientación de mi generación tiene su explicación en la dirección de nuestra educación, cuya idealización de la acción era, -¡sin discusión!- un a mistificación, en contradicción con nuestra propensión a la meditación a la contemplación y a la masturbación”.

sábado, 12 de enero de 2008

Un librito lluvioso


Merodeando en una librería de Tuxtla encontré un curioso librito. Se trata del poemario Lluvias, de Alexis Saint-Léguer Léguer, mejor conocido para la posteridad (me recuerda una frase de Groucho Marx “¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mi?“) como Saint-John Perse. Más que libro es una plaquette que no rebasa las treinta páginas, y cuya virtud principal es haber sido traducido por otro célebre Caribeño, de una isla más grande que la pequeña Guadalupe en donde Perse vivió y alimentó su infancia (Entonces te bañaban en el agua-de-hojas-verdes; y el agua era aún sol verde;). José Lezama Lima, poeta hermético y barroco, escribió un prólogo complejo como la poesía que estaba traduciendo.
Lluvias fue publicado por la Universidad Autónoma de Chiapas en su colección Paradigma. Y llegó a la institución por intermedio de Raúl Garduño. Fue Rosario Castellanos la intermediaria entre Lezama Lima y el autor de Poema de la zorra. En 2005 José Martínez Torres se encargó de publicar la plaquette que ahora tengo en mis manos. La publicación original ocurrió, sin embargo, en 1946, en el número nueve de la revista Orígenes y posteriormente, en 1961, constituyó el cuarto cuaderno de la colección “Centro”, de ediciones La tertulia. Un largo e incierto camino que involucra a por lo menos cuatro poetas (de variada calidad, claro está).
En ocasiones la poesía debe viajar enormes distancias espaciales y temporales antes de llegar a su destinatario. En este caso atravesó también las fronteras de un idioma. Pluies, tal como Perse lo concibió, no es el mismo Lluvias que, por intermedio de Lezama Lima y ante mi escaso francés, me es posible ahora leer. La complejidad, sin embargo, no termina ahí. Estamos ante un poeta poco leído y mucho menos interpretado. Un autor de culto que nunca buscó el reconocimiento y cuyo interés principal fue hacer una poesía épica que diera cabida a la diversidad y pluralidad del mundo sin menoscabo de dimensión o importancia.
Sin embargo, quien desee aprender geografía de una manera heterodoxa y vital puede usar a Perse como su “libro de cabecera”. Así, la mención del árbol bayán en el primer verso incita a una búsqueda en google. Se trata de un cruel parásito que crece en otros árboles y crea una estructura similar a una jaula alrededor del infortunado anfitrión, hasta matarlo. Más curioso resulta el hecho de que bayán apareció en varios episodios de Lost como refugio ante el ataque de bestias salvajes. También me entero que la escritora hindú Arundathi Roy (ganadora del premio Booker por El dios de las pequeñas cosas) escribió el guión para una serie de televisión llamada El árbol banyan. La poesía de Perse es tan cargada que cada verso nos llevaría a una búsqueda similar. Y en el camino, como en un árbol semántico, hallaríamos tanto datos irrelevantes como información valiosa. Perse es el poeta de “las conexiones”. Su poesía no se parece a la de nadie, pero incluye a todos. Es el poema de lo vasto y de lo infinitesimal al mismo tiempo. Lluvias es sólo un fragmento. Perse ha cantado a los Mares, los Pájaros y los Vientos. Y también ha entonado su canto para celebrar La infancia y para un largo viaje cuyo nombre recuerda a Jenofonte: Anábasis.
Probablemente la dificultad de Perse radique en dos aspectos. El muy extenso vocabulario de sus poemas y la forma que utiliza: el versículo. Versos tan largos que el poema parece prosa sin llegar a serlo. Las cláusulas de Perse se prolongan y al hacerlo agregan más cláusulas y palabras inauditas.

“Un polípero precoz muestra sus bodas de coral en toda esta leche de agua viva.
Y la idea desnuda como un peleador en sus redes peina en los jardines del pueblo su cabellera de doncella”

Rastrear las innumerables fuentes de esta poesía es tarea compleja. Al un texto de Gerardo Deniz, publicado en el número 210 de Vuelta, que llena algunas lagunas sobre la obra de Sainth-Leger Leguer. Miembro del servicio exterior francés y habiendo recorrido varios países, poseía un impresionante bagaje que, según algunos críticos, no tenía nada de libresco sino que debía más a la experiencia. Al respecto una curiosa anécdota. Cuando la familia de Alexis dejó su isla y llegó a Francia, las cajas donde se transportaban los libros de la extensa biblioteca cayeron al mar durante el desembarco. Lograron llevarlas a tierra firme. Sin embargo, cuando las abrieron en ellas sólo quedaba una espesa y chorreante masa de papel (un hecho que podría prestarse a más de una alegoría).
Al leer a Deniz, sin embargo, uno llega a la conclusión de que las fuentes son mixtas, y que sólo de una existencia tan maravillosa y una mente tan sensible podía surgir tan maravillosa poesía. Al respecto Deniz, refiriéndose a Anábasis, comenta:

“Creo tan sólo advertir, cosa muy natural, que en el poema inciden en especial hechos concretos que rodeaban al autor en el tiempo de escribirlo. Imposible olvidar, tampoco, que en Anábasis confluyen las historias seléucidas (Vlll), el coloso silbante de Memnón (Vl), el nombre árabe de la montaña (lll) y todo cuanto se quiera”.

Así es la poesía de Perse. Un cofre en donde uno puede encontrar tesoros maravillosos. Una mitología tan personal y hermética, en ocasiones, como la de un Wiliam Blake, aunque de un tono muy distinto. Es, sin embargo, junto con la de T. S. Eliot o Wiliam Buttler Yeats, una de las obras poéticas más valiosas del siglo pasado.

viernes, 4 de enero de 2008

El espacio simbólico en Pedro Páramo



Luz Aurora Pimentel en su libro El espacio de la ficción[1], afirma que la descripción consiste en poner en equivalencia un nombre y una serie predicativa y se forma con un modelo descriptivo (lógico-lingüístico, arquitectónico, pictórico) que excluye lo que no concuerde con él. Sin embargo algunos elementos, más que describir un objeto o lugar lo califican, añadiendo subjetividad. Su reiteración, a lo largo de un texto –en forma de campo semántico– genera una relación entre lo puramente descriptivo y lo ideológico. Como ejemplo, la autora expone la repetición de ciertos adjetivos –innoble, abortadas, infames, siniestro, impúdico, descarado– en un texto de Balzac[2]. Estos calificadores subjetivos (no dan cuenta de propiedades del objeto sino de una reacción del narrador. Connotan una impresión –en el ejemplo sordidez– al espacio descrito. Por ello, “la descripción es el lugar de convergencia de los valores temáticos y simbólicos de un texto narrativo”[3].
Otro importante elemento es la metáfora. Mientras que una excesiva expansión de la descripción diluye el objeto verbal que se quiere construir, la metáfora proporciona una significación sintética. Es un fenómeno de interacción que perturba y transforma la significación del enunciado o texto en que aparece.
A.J. Greimas expuso el hecho de que un texto siempre acepta ciertos elementos para generar su contexto[4] y rechaza los no adecuados. La metáfora hace interactuar dos campos semánticos diferentes y extiende una propiedad que es sólo válida para la unión de esos términos. Además crea configuraciones descriptivas sensoriales (visuales, táctiles, olfativas y todo lo relacionado con la sinestesia)[5]. A continuación veremos como se dan estos elementos en las descripciones de Pedro Páramo.
El sema que se carga simbólicamente y es espacio privilegiado en donde transcurren las acciones de la novela es Comala. Rulfo dijo que “Comala es un símbolo. Es una rueda de barro donde calientan las tortillas (...) es un símbolo del calor que hace en el lugar donde se desarrolla la historia”.
Es en el segundo fragmento en donde tenemos la primera descripción de Comala: El camino subía y bajaba: “Sube y baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja.”
¿Por qué una parte del texto está en cursiva? Lo sabremos un poco más adelante, cuando Juan Preciado afirme que trae los ojos que su madre le dio para que viera Comala. De esta forma el texto en cursiva será Comala visto por los ojos de Dolores Preciado mientras que la letra normal incluye lo que su hijo va observando mientras pasa.
“Hay allí, pasando el puerto de los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”.
En esta breve descripción se utiliza el allí del recuerdo como contraste del aquí de la enunciación. El puerto de los Colimotes es de donde parte el punto de vista para hacer una panorámica de Comala que destaca por el uso de los colores. El verde y el amarillo. El blanco y el negro son suficientes para dar una imagen casi pictórica del pueblo de Dolores Preciado.
La siguiente descripción corresponde a Juan Preciado: “En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía”.
En este caso la llanura adquiere las propiedades de una laguna: claridad, calma, etc. La descripción está dada en tres planos. Por un lado la llanura. De ella emergen vapores a través de los cuales hay un horizonte gris (de nuevo el juego de los colores). El narrador usa la expresión más allá para mostrar la línea de montañas como segundo plano. Un tercer plano es la más remota lejanía, que únicamente se menciona sin decir lo qué hay en ella.
En adelante la descripción utilizará esta especie de claroscuro: el contraste entre lo que Juan Preciado nos comunica y la Comala del pasado, vista a través de los ojos de su madre. Veamos más ejemplos.
El tercer fragmento comienza con una evocación de Sayula. La descripción utiliza sólo dos elementos. Los gritos de los niños y las palomas. Primero aparece el grito de los niños, luego las palomas. Después ambos elementos se unen y los gritos revolotean igual que las palomas. Hay además una brillante síntesis del día en clarohoscuro: “Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol”.
El fragmento seis empieza con una evocación de la infancia de Pedro Páramo. La descripción evoca un momento de tranquilidad, cuando ha terminado la tormenta. La atmósfera está dada por algo tan simple como una hoja de laurel. Las gotas, al caer sobre ella, hacen un ruido: Plas. Después la brisa sacude las ramas del granado. La imagen que sigue es de una gran belleza, pues provoca una lluvia que estampa la tierra con gotas brillantes. El último elemento de la descripción pone a jugar al sol y al aire. El primero con el segundo y éste con las hojas.
Esto son unos cuantos ejemplos de la forma en que están dadas las descripciones en Pedro Páramo. La riqueza descriptiva es enorme, en todo caso, y sería imposible citar todos los ejemplos en que destaca la belleza casi pictórica del lenguaje rulfiano.
[1] Luz Aurora Pimentel, El espacio de la ficción. México, Siglo XXl, 2001. pp.
[2] Ibid. p. 27.
[3] Luz Aurora Pimentel, El relato en perspectiva. México, Siglo XXl, 1998. p. 41.
[4] “Conjunto de categorías semánticas redundantes que permiten la lectura uniforme de una historia” (A.J. Greimas, Del sentido ll, España, Gredos, p. 188)
[5] Luz Aurora Pimentel, El espacio en la ficción, pp. 89-109.

domingo, 30 de diciembre de 2007

El lector recorre las islas/1


El Caribe y sus grandes libros.

¿Cómo una región del mundo que aparentemente ha tenido poco tiempo para desarrollarse presenta tanta riqueza cultural, no sólo en letras sino en todas sus expresiones artísticas? Como explican Ana Margarita Mateo y Luis Álvarez en su libro El caribe en su discurso literario, la respuesta podría estar en la geometría no euclidiana de los fractales, expuesta por el matemático Benoit Mandelbrot. El Caribe es un objeto fractal en la medida en que, a pesar de la diversidad, puede estudiarse como una unidad en la que cada componente contiene una imagen del todo.
Dice el libro:

“La literatura del Caribe, desde sus orígenes, ha venido proyectándose en una dirección creciente. Desde los últimos decenios del siglo XX los bullentes procesos germinativos, manifestados ya en el siglo XlX, se manifiestan con madurez en una serie de aspectos de interés fundamental, no ya para definir o comprender la cultura del Caribe, sino para alcanzar una visión integradora de la literatura de América Latina en su conjunto. No sólo han sido trascendidos los cepos modeladores que, desde Europa, ejercieron un influjo limitante en nuestro desarrollo, sino que las letras del Caribe han alcanzado a configurar modelos propios”[1]

Los jacobinos negros, de C. L. R. James, escritor nacido en Trinidad, es una apasionante y estremecedora crónica sobre la primera gran rebelión de esclavos en el Caribe. Relación novelada de las terribles condiciones en que vivían los esclavos traídos del Golfo de Guinea en barcos negreros, en donde la vida era eran lo más parecido al infierno que la mente humana pueda concebir. También es la odisea de un hombre que estaba destinado a grandes hazañas a primera vista irreales, que lo convierten en el adalid del primer país independiente de Latinoamérica: Haití. Eventualmente la historia de Toussaint L Ouverture es usada por Alejo Carpentier en El reino de este mundo, donde el término realismo mágico adquirió carta de naturalización. La descripción que hace James de los esclavos capturados, sin embargo, rebasa cualquier ficción y nos presenta la realidad en toda su crudeza.

“Los esclavos eran capturados en el interior, atados los unos a los otros en columnas, cargados con pesadas piedras de 18 o 20 kilos para evitar tentativas de fuga y a continuación obligados a emprender el largo camino hasta el mar, centenares de kilómetros en ocasiones, los enfermos y los débiles desplomándose para morir en la selva africana (...). Al llegar a los puertos de embarque se los encerraba en empalizadas para ser inspeccionados por los tratantes de esclavos (...). Dentro de los barcos, se comprimía a los esclavos en galerías escalonadas las unas sobre las otras. A cada uno le era concedido un espacio de apenas un metro y medio de largo por un metro de alto, de manera que no pudieran ni estirarse ni sentarse erguidos (...). La estrecha proximidad de tantos cuerpos desnudos, la carne amoratada y ulcerada, el aire fétido, la disentería reinante, la basura acumulada, convertía estas guaridas en un infierno”.

Difícil imaginar tanta miseria, y eso es sólo el principio. Cuando bajaban a sus lugares del destino “la mercancía” (pues para la mayoría de los comerciantes y propietarios no pasaban de eso) era revisada minuciosamente por los compradores; luego les escupían a la cara a los negros y, convertidos en propiedad de su nuevo amo, eran marcados con hierros candentes en ambos lados del pecho.
En las plantaciones de azúcar los esclavos trabajaban desde el alba hasta el anochecer, con un breve descanso. Si mostraban fatiga eran golpeados por los látigos de los capataces. Vivían en cabañas sin luz ni ventilación y comían lo poco que les daban sus amos, además de plantar sus propias cosechas para comprar ron o tabaco. Además, los castigos eran muy duros: latigazos, mutilaciones, hierros en las manos y en los pies, etc.
Irónicamente, en una región del mundo casi al margen de las zonas de influencia se ha desarrollado una cultura que no es posible observar sólo en su profundidad histórica. De ser así, nos encontraríamos con nativos exterminados en pocos decenios, como expone Fray Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias. De todo ello sólo quedan algunas palabras usuales, (como Caribe, que viene de caníbal. O Antillas, de lentejas) en nuestro vocabulario y huellas de la destrucción provocada por los europeos en algunos ensayos y novelas, como En busca de Eldorado. Crónica novelada de V. S. Naipaul en donde se expone el encuentro de algunos documentos que detallan la manera en que Trinidad se convirtió en una isla primero de negros llevados a la fuerza de su tierra, y después en un lugar donde exiliados hindúes trabajaban con la caña de azúcar. Indignado ante lo que para él es una isla pobre y sin cultura, Naipaul se convirtió en un perpetuo exiliado que ha recorrido el mundo buscando la síntesis de lo colonial desde en las pequeñas calles de Trinidad, como en Miguel Street, o en los países de África, en donde el gobierno del dictador en turno es pretexto para describir, con gran realismo y no poco pesimismo, la situación de un país africano recién independizado (Un recodo en el río), sin olvidar la India de sus antepasados, descrita con maestría en India, una civilización perdida.
Pero la novela en donde la oscura visión de Sir Vidia –como le llamaba su amigo Paul Theroux, (a quien un buen día abandonó en África, con lo que Theroux escribió Sir Vidia s Shadow, en donde narra su tormentosa amistad con Naipaul) se refleja con mayor crudeza es Una casa para Mr. Biswas. Un periodista venido a menos e inconforme con el sistema en que le ha tocado vivir logra comprar una casa pocos meses antes de su muerte. Así empieza el primer capítulo. El resto es la crónica de quien toda su vida intenta escapar a las rígidas costumbres y a la pedestre visión de la familia de su esposa. Hindúes exiliados que han transportado íntegras sus costumbres a Trinidad. El corrosivo humor de Naipaul se incrusta en cada frase, y a través de los ojos de Mr. Biswas nos damos cuenta de su enorme desencanto y a sus casi absurdos intentos por liberarse del lugar en que se encuentra atrapado. Como refugio sueña con esa casa que podrá comprarse cuando al fin consiga su libertad.
La moderna Odisea no se desarrolla en las lejanas islas de Grecia, sino en esa pequeña región de América a la que a veces se niega su lugar dentro del ámbito latinoamericano. En una extensión te tierras relativamente pequeña y con pocos años de historia como naciones ha surgido una literatura que ha rebasado las expectativas y que parece haberse desarrollado con gran rapidez. No es extraño que el premio Nobel haya recaído tres veces en escritores caribeños: Sainth John Perse, Derek Walcott y V. S. Naipaul son sólo los icebergs visibles de una cultura en ebullición. Tras ellos una pléyade de escritores y artistas han desarrollado una obra de gran profundidad, con un lenguaje que se nutre de todos los dialectos y lenguajes. Así Texaco, de Patrick Chamoiseau, muestra cómo el habla popular y la lengua literaria no son incompatibles entre sí. Al contrario. Juntos forman una polifonía de gran belleza que se va creando desde las confesiones de la vida de Marie Sophie Laborieux. A través de su historia se va tejiendo la de su país: Martinica, en cuatro diferentes épocas que se señalan, precisamente, con los materiales con que se hicieron las casas. Tiempo de paja, tiempo de barro y tiempo de hormigón. El nombre de la novela es al mismo tiempo el de la compañía norteamericana en donde los habitantes de la ciudad, orillados por la miseria, fabrican sus hogares. Al final su determinación puede más que los intentos de correrlos del dueño de los terrenos. Pero antes tenemos la historia entera de Martinica. Cómo los negros lograron su independencia de los bekes después de muchos sufrimientos, la destrucción de la primera capital por el volcán Santa Helena, la llegada de las compañías transnacionales con la avanzada de un nuevo Cristo que sólo al entrar recibe una pedrada, la vista a lo lejos del anciano alcalde Aime Cesaire y sobre todo la voz incansable de Marie Sophie Laborieux aleteando sobre todo eso eso:

“En la orilla de los ríos, la arena del volcán ya es arena buena. Pero la arena de la orilla del mar está llena de sal y de hierro. Así pues, yo la dejaba a merced de las lluvias hasta que tomase buen color”.

En una visión diametralmente opuesta tenemos a Jean Rhis y su Ancho mar de los Sargazos. En esta novela la visión no es de los negros siendo maltratados y humillados por los blancos, sino que una familia venida a menos que antaño poseyera grandes extensiones de tierra labradas por manos esclavas. Cuando la esclavitud llega a su fin se ven en aprietos y los esclavos toman venganza, expulsando de sus tierras a los antiguos propietarios. A la postre, como en la novela Jane Eyre en que está basada, la hija se vuelve loca y comienza a tener extrañas alucinaciones, en parte provocadas por los ritos vudus. Lo irónico es que termina sus días en una torre en Inglaterra, igual que la protagonista de la obra capital de Charlote Bronte. La novela está cargada de lirismo y nos muestra una imagen poco usual en la literatura caribeña. La de los antiguos plantadores o Bekes, como eran llamados por los esclavos.

[1] Mateo, Ana Margarita y Álvarez Luis, El caribe en su discurso literario, p. 16.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Zaid no existe


Se revela misterio de conocido escritor nunca visto en público

Por fin se descubrió la verdad acerca de Gabriel Zaid, el escritor de Monterrey que nunca había querido mostrarse en público y cuyos libros y artículos han sido una útil guía política e intelectual para más de una generación de mexicanos cultos. Zaid no existe, reveló ayer Andrés Allende, uno de los involucrados en el proyecto y quien, harto de ser ninguneado por sus compañeros, decidió confesar el engaño de una vez por todas: “Todo empezó con una idea de nuestro mentor Aurelio Guerra”, dijo en entrevista exclusiva para este periódico. “Cuando regresó de la embajada que ocupaba en la India nos sugirió, a mí y a mis compañeros de bando –el crítico literario Winston Pérez Smith, el historiador y director de la revista Grafías neoliberales Ernesto Kaufman, dos jóvenes poetas que se integraron después (Julio Trejo y Luis Amor), el muy humilde narrador y ensayista Roberto Ruiz Sancho y varios otros personajes que por el momento no han sido revelados– que inventásemos un escritor que fuera todo lo contrario a nosotros. Un lúcido crítico de nuestro medio literario, del sistema político y de las instituciones, y que además se metiera con el monopolio cultural creado por don Aurelio Guerra sin que las discusiones pasaran a algo más delicado o dieran una vuelta de más en terrenos que no les correspondía.
La farsa resultó en varios libros y casi un centenar de artículos sobre todos los temas posibles y todas nuestras estupideces imaginables. El escritor Gabriel Zaid –cuyo nombre, según Allende, fue inventado con ayuda de una sesión espiritista en la que Jorge Cuesta se apareció a los asistentes para dictarles el nombre– surgió en el panorama de nuestras letras para guiarlas por el camino del sentido común y darles una tunda cuando se pasaban de malcriadas. El único inconveniente era el hecho de que tendría que presentarse en público. Pero como los escritores suelen ser excéntricos, Zaid tenía, como Alfonso Reyes –de quien se tomó el supuesto lugar de origen de Zaid, Monterrey–su torre de marfil inaccesible. Al mismo tiempo, como J. D. Salinger o Thomas Pinchon, padece alergia a la fama y no se ha dejado fotografiar nunca. De esa manera, como es explicable, no existe ninguna foto y nadie lo ha visto, aunque muchos intelectuales hayan presumido haber comido con él o mantenido una ilustrísima charla. Un ejemplo es Silvia Martina Rivas, quien afirmó haber estrechado su mano y comido en su casa: “Era un hombre muy atractivo, un poco parecido a Mauricio Garcés, con canas en las sienes y una gran personalidad. Incluso pasó algo más y, honestamente, nunca imaginé que la inteligencia y la energía sexual exacerbada pudieran convivir en un mismo hombre. He visto a las mejores mentes de mi generación siendo víctimas de la impotencia”.
Ante el escándalo que se ha suscitado, Winston Pérez Smith, Ernesto Kaufman, Roberto Ruiz Sancho, Julio Trejo y Luis Amor han preferido guardar silencio y se rumora que, avergonzados, han dejado el país en bicicletas, aviones trimotores u ómnibus de poesía mexicana mientras Allende, tras el fin de esta locura, no se resigna a que Zaid deje de existir. “Es uno de mis personajes favoritos junto con Hans Castorp, Stephen Dedalus y Falstaf. Representa una evolución en mi vida intelectual. He aprendido mucho durante la redacción de sus libros. Uno de ellos, De los libros al poder, fue escrito casi en su totalidad por un servidor. Cuando terminé, durante un mes de febril redacción, fui al espejo para tratar de despojarme de su espíritu. ¿Soy Andrés Allende o soy Gabriel Zaid? Me mojé la cara con agua y por fin recuperé mi verdadera identidad, pero algunos de los rasgos de nuestro personaje han quedado tan entrelazados en mí que en más de una ocasión me ha ocurrido, cuando me preguntan mi nombre, responder soy Gabriel Zaid. ¿Con quién tengo el gusto?
Ante esta situación hemos decidido sugerir a nuestros lectores que no se dejen engañar por los intelectuales o por personajes ilustres que no puedan tocar con sus propias manos. Siempre es útil cerciorarse de que una idea valiosa ha emergido de un cerebro real. Casos se han dado en la historia de obras que no han sido escritas por quien lo firma, o de poetas que son muchos personajes (así tenemos el caso de Ricardo Reis, que usaba un heterónimo, Fernando Pessoa, para firmar algunos de sus poemas). Mientras tanto seguiremos investigando estas farsas de la cultura. Estamos investigando el caso de un poeta que sirvió para que otros poetas sabotearan a un poeta en la ciudad de Puebla. Tenemos localizados sus nombres. El poeta afectado se llama Julian. Los poetas afectadores se dieron a la fuga y sólo dejaron algunos malos versos.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Evocaciones requeridas sobre Revueltas 1


A Frank Loveland Smith

Alguien que admiraba a Revueltas me aconsejó leer sus obras completas; estudiarlo a fondo. Tarea que hasta la fecha no he completado. Si yo hubiera pertenecido al partido comunista me habrían expulsado en menos de lo que un buen militante dice “Vivan Stalin”, Marx y Mao”. He leído algunas de sus novelas, cuentos y ensayos. Y también la biografía de Álvaro Ruiz Abreu: Los muros de la utopía. Para casos prácticos, sin embargo, muchos de los aspectos de su obra y su vida siguen siendo, para mí, un misterio.
Edith Negrín sugiere que la figura de Revueltas es ya un símbolo. Descendiente de mineros y comerciantes. Nacido en 1914 en Durango; desde adolescente militante comunista; luchador incansable, visionario, intelectual proteico y escritor visionario. Es difícil separar su obra literaria de su obra teórica y política como, al salir sus obras completas, dijo Evodio Escalante.
Hace poco asistí a la presentación del libro de Frank Loveland Smith: Visibilidad y discurso. La tesis que guía el libro es que hay un conjunto de guiños subconscientes incluso en los pasajes más cercanos al realismo socialista en las novelas de Revueltas. Para demostrarlo, Loveland se adentra en ellas y analiza algunos de sus pasajes más significativos. Aunque deja un poico de lado la primera, Los muros de agua, más claramente apegada a la estética del realismo socialista. Loveland expone que, en primer lugar, se idealiza la subjetividad de Revueltas, atribuyéndole una integridad existencial de la que los demás carecemos. Esto lleva a descalificar un campo de posibles análisis críticos y también se dan limitaciones en la, en ocasiones, muy lúcida crítica de izquierda,
La cuestión con Revueltas es que escribió textos teóricos sobre su creación en los que sugiere, constantemente, que “la realidad necesariamente debe ser ordenada, armonizada dentro de una composición sometida a determinados requisitos. Pero estos requisitos tampoco son arbitrarios; existen fuera de nosotros; son, digámoslo así, el modo que tiene la realidad de dejarse que la seleccionemos”. Es en este modo, sugiere Frank Loveland, donde en los textos de Revueltas ocurre “una creciente tensión entre el nivel discursivo ético-cognositivo que la teoría exige al texto, y un nivel figurativo que resiste crecientemente su incorporación a dicho discurso”.
Revueltas utilizó más bien lo que llamó realismo-materialismo dialéctico y que, en esencia, es la dialéctica negativa de T. Adorno. O para decirlo con una expresión de Evodio Escalante, una literatura del “lado moridor”. Dice Loveland Smith:

“Los textos de Revueltas se tensan entre la necesidad de una mayor lucidez para decir la verdad de lo visible, y la también creciente problematización del sujeto de la enunciación, sobre todo cuando pretende producir un discurso de la Verdad”.

Revueltas (sugiere Leopoldo Zea) era un escritor endemoniado que, al mismo tiempo que comunista maldito y con la intrínseca arrogancia de quien sabe leer mundo y verdad histórica, sentía la convicción de la “inutilidad de la vida”. ¿Cómo entrar en sus textos sin traicionar su doble vertiente de su obra? Smith sugiere que el drama en la escritura de Revueltas se da en la voz narrativa y, en última instancia, en la conciencia organizativa del autor que se da en las novelas.
La ruptura entre lo visible y lo decible que constantemente aparece en las novelas de Revueltas tiene ciertas similitudes con las ideas de Michael Foucault sobre la heterogeneidad entre las palabras y las cosas. Y con la revisión que de éste hace Gilles Deleuze:

“Los estratos históricos que permitirían a Revueltas articular lo visible y lo decible, muy en particular el estrato marxista, enfrentan la oscuridad obsesiva a que la “dialéctica negativa” parece dar lugar, haciendo evidente las fisuras que recorren al productor”.

Así, concluye Loveland Smith en su introducción, los textos de Revueltas son una muestra de la noción de Foucault de que el saber y la verdad precisan un campó de poder que los determine. Con cada nueva forma de estrategia histórico-materialista Revueltas parece descubrir su complicidad con alguna estrategia de poder.
El recorrido del estudio de Loveland Smith empieza con un breve comentario a Los muros de agua, la primera novela de Revueltas. En la descripción mental que hace Revueltas de Prudencio parece describir lo que ocurre en su propia subjetividad:

“Cuando ya estaban las ideas a punto de formar un postulado lógico, irrumpía el absurdo, de pronto, desorganizando el sistema. Dentro del cerebro de Prudencio habíase entablado una feroz lucha por la razón. Parecía ésta una entidad independiente a los vehículos físicos, que al pugnar por su acomodo se encontrara un vaso deforme que la hería con indebidos ángulos e inhabituales esquinas. La mente afirmaba algo, pero de súbito una carcajada, una voz distinta, una cosa siniestra e interior, rompía la afirmación transformándola en materias sin consecuencias, fuera de la causalidad y la lógica”.

En la segunda parte de esta reseña veremos el recorrido de Loveland Smith por las otras novelas de Revueltas. Empezando con El luto humano, siguiendo con Los días terrenales y Los errores y culminando con el resultado de haber atravesado la problemática existente en las otras novelas.

domingo, 28 de octubre de 2007

La antología definitiva


Recuerdo que sentí un temor reverencial cuando vi estos dos gruesos tomos blancos, editados por el Fondo de Cultura Económica, en la biblioteca central de la Universidad Veracruzana. En un principio tuve cierta renuencia a indagar en ellos. “El mapa no es el territorio”, me decía a mí mismo. Sin embargo, la curiosidad pudo más y decidí echar un vistazo a los libros. En realidad terminé sacándolos de la biblioteca. Pero no leí los textos. En ese momento me atrajo más la arquitectura de la antología. Cinco libros que contenían a su vez varias secciones. Era como si el caótico universo literario desperdigado en bibliotecas y manuales, y que en vano había tratado de ordenar mentalmente, tomara una prístina forma difícilmente superable.
El plan parecía arriesgado, inmenso, desalentador, monumental y azaroso, más todos los adjetivos que se quiera agregar. Sin embargo, el empeño de Christopher Dominguez-Michel (quien ha demostrado no temer a los proyectos titánicos, y su Vida de Fray Servando es una muestra), logró dar forma, en dos tomos, a un completo panorama de la Narrativa mexicana del siglo XX. Estos volúmenes contienen la esencia de todo lo que en prosa se ha escrito en México durante el siglo pasado y es, además, un viaje cronológico que abarca el siglo y todas las vertientes narrativas que lo acompañaron. Por supuesto, para ayudarlo a sortear mejor los complicados territorios de la narrativa, el crítico dividió en varios libros el recorrido. Y agregó notas introductorias de gran valor informativo y referencial.
El primer libro, “La guerra y la paz”, abarcaba la narrativa de la revolución mexicana tanto en sus épica mayor (Vasconcelos, Azuela, Martín Luis Guzmán), como en su “épica menor” (Urquizo, Campobello), así como en sus antecedentes, reunidos en El salón y sus celdas (destaca Federico Gamboa, el autor de Santa) y la época posterior (la novela cristera, indigenista o proletaria). El libro segundo titulado “El licor del estilo” reúne a los ateneístas (“La cena”, de Reyes), los colonialistas (Artemio del Valle Arizpe), los contemporáneos y sus “novelas como nube” (“Margarita de Niebla”, de Torres Bodet) y a una variedad inclasificable (Efrén Hernández, Ortiz de Montellano o Carlos Noriega Hope)
El libro tercero, Contemporáneos de todos los hombres, marca el cénit de la narrativa mexicana. Ahí están los padres fundadores (Paz, Arreola, Benítez, Yáñez, Revueltas y Rulfo), así como a maestros que disolvieron la utopía (Castellanos, Galindo, Tario), y los que exploraron la ciudad moderna (Valadés, Spota, Rafael Bernal).
Los libros cuarto y quinto son los más amplios y abarcan el segundo tomo. El cuarto se titula “La modernidad suspendida” e incluye un capítulo entero sobre Fuentes, otro dedicado a “inventores de creaturas” (Arredondo, Monterroso, García Ponce) y a fabuladores del tiempo (Pacheco, Ibargüengoitia, Pitol). El Libro de las obsesiones, con narradores del cuerpo como Aguilar Camín, Agustín Ramos o José María Pérez Gay. Pasiones y humores, donde están Del Paso, Villoro, Aguilar Mora, Da Jandra. Ciudad tan oscura (Ramírez Heredia, Armando Ramírez, Guillermo Samperio) o Tierra baldía (Hernán Lara Zavala, Sada, Morales Bermúdez). Por último hay un capítulo compuesto por tres partes: La comedia imaginaria. En el Paraíso caben Jordi García Bergua, Hiriart, o Francisco Hinojosa. En el Purgatorio Aridjis, o Rossi y en el Infierno Ruy Sánchez, Emiliano González o Samuel Walter Medina. A grandes rasgos esa es la estructura.
En una entrevista publicada en el primer número de Letras libres, Domínguez Michael exponía sus puntos de vista sobre la narrativa mexicana. “No creo –y no suena bien que lo diga un antólogo de la narrativa mexicana- que la novela sea la más poderosa de nuestras expresiones literarias. Es una insuficiencia común a toda la lengua española. En esta centuria, Gracias a Rulfo, Lezama Lima, Carpentier y García Márquez, América Latina logró una narrativa de primer orden, e incluso canónica durante buena parte de la segunda mitad del siglo. Un Salman Rusdhie, por ejemplo, no es una lectura interesante para quien se crió con Cien años de soledad, como hace cien años Federico Gamboa no pasaba de ser un buen epígono de Zola. Este siglo nos convirtió en camaradas y maestros de otras narrativas, pero no tenemos, cada año, la fertilidad de narrativas fundacionales como la inglesa, que al ser absorbida por su periferia –los japoneses angloparlantes, los hongkoneses, los angloindios- logró renovarse. No tenemos un Lawrence Norfolk, que nació en 1961 y desde la primera línea nos hace saber que es hijo de la patria de los Brontë y de Dickens”.
Me quedó muy grabada su referencia a Lawrence Norfolk. Leí El diccionario de Lempriere y El rinoceronte del papa, sus dos primeras novelas (hay una tercera, En figura de jabalí, publicada también por Anagrama). La primera me impresionó sobre todo por la juventud del autor (la foto mostraba a un despreocupado inglés, a lo mucho habiendo terminad la universidad) y por la potencia verbal, descriptiva, así como la erudición que desbordaba incluso los límites de la novela. En figura de jabalí me dejó completamente sorprendido. Más allá de su argumento –la idea que tuvieron los portugueses de regalar un rinoceronte al papa para ganar sus favores ante su rival España- la novela es un tour de fource desconcertante y monumental, desde la primera línea hasta el final rabelesiano, casi seiscientas páginas después.
Regresando a la antología, su núcleo está al final del primer libro. En el capítulo titulado “Padres fundadores”. Una cita resume este apartado:

“A la distancia, en las obras de medio siglo parece quedar resuelta la contradicción inevitable que vivió nuestra literatura entre las “obligaciones” que impone la historia y las “evasiones” que santifica el arte. La fundación que fortalecen estos seis autores no sólo es la maestría artística universal, que ya es mucho, ni la puesta al día de las letras con el reloj del siglo, lo cual es inolvidable, sino la conciencia de una literatura en absoluta libertad, que lo es todo” (1005).

Si en Revueltas se da una novela que, nutriéndose de la literatura proletaria y cristera, expone las contradicciones de la vida, Octavio Paz, en sus poemas en prosa, “logra resolver lo que Reyes y Torri no hicieron al desinteresarse de la vanguardia” (1005). Juan Rulfo da una dimensión mítica a la escritura, Fernando Benítez y Agustín Yañez revisan la relación entre historia y novela en sus respectivas (El rey viejo y Al filo del agua) Mientras que Arreola da entrada a temas literarios que se habían olvidado con su prosa magistral.
En una segunda parte veremos la huella que dejaron estos maestros fundadores que, como dice Paz, pretendieron: “Arrancar las máscaras de la fantasía, clavar una pica en el centro sensible: provocar la erupción”:

sábado, 6 de octubre de 2007

Relectura: La orgía perpetua


Mario Vargas Llosa, La orgía perpetua, Flaubert y Madame Bovary, Seix Barral, Seix Barral, México, 1992

¿De qué trata este libro?
Mediados de septiembre de 1849. Flaubert convoca a dos amigos –Maxime Du Camp y Louis Bouillhet- a la lectura de la primera Tentación de San Antonio. Durante largas horas los amigos escuchan leer a Flaubert, quien al terminar les pregunta su opinión. La crítica de los amigos es implacable: “Nuestra opinión es que debes echarlo al fuego y no volver a hablar jamás de eso”. Luego pasean por el jardín y Bouillhet sugiere a Flaubert que escriba un libro basado en la historia de Delaunay. Éste será el origen remoto de Madame Bovary, que se iría imponiendo a su autor sobre otros temas y que comenzó a escribir en la noche del viernes 19 de septiembre de 1851 y terminó el 30 de abril de 1856. El trabajo, en la biblioteca municipal de Rouen, consta de 1) 46 hojas grandes, de Scenarios, el plan de la obra: argumentos, caracteres de los personajes, división en capítulos, etc; (2) 1788 hojas de borradores, escritas por ambas caras y consteladas de anotaciones en los márgenes, de tachaduras y agregados, y (3) 487 hojas, que constituyen el manuscrito definitivo.
La orgía perpetua es una aproximación minuciosa de Mario Vargas Llosa a Madame Bovary al mismo tiempo que una descripción de las circunstancias que rodearon la creación de esta novela. Antes que este libro el narrador peruano había hecho un minucioso estudio sobre su amigo Gabo: Historia de un deicidio. Su idea del autor como un deicida y del mundo ficticio como sustituto del mundo real encuentra aquí un desarrollo más concreto.

¿Cómo está estructurado y por qué?
A diferencia de El idiota de la familia –monstruoso empeño de Sartre semejante a la última novela de Flaubert: Bouvard y Pecouchet. Querer estudiar a fondo todos los factores que confluyen en una vida es similar al intento de abarcar la estupidez humana en su totalidad-, el estudio de Vargas Llosa es erudito y profundo pero nunca tedioso. Su virtud principal quizá sea la estructura. Tres partes que se refieren, cada una, a un aspecto de la crítica literaria. Un conciso prefacio lo explica:

“Hay, de un lado, la impresión que Emma Bovary deja en el lector que por primera (segunda, décima) vez se acerca a ella: la simpatía, la indiferencia, el disgusto. De otro, lo que constituye la novela en sí misma, prescindiendo del efecto de su lectura: la historia que es, las fuentes que aprovecha, la manera como se hace tiempo y lenguaje. Y, finalmente, lo que en la novela significa, no en relación a quienes la leen ni como objeto soberano, sino desde el punto de vista de las novelas que se escribieron antes o después”.

La primera es una forma clásica o “impresionista” (según sus detractores). La segunda es objetiva y puede variar de acuerdo con el crítico (psicoanálisis, estilística, estructuralismo, etc). La tercera se relaciona con la historia de la literatura.

¿Qué se expone en la primera parte?
La primera parte es la historia de “una pasión no correspondida” entre Mario Vargas Llosa y Madame Bovary. El novelista peruano confiesa que este libro cambió su vida y lo volvió un admirador de Flaubert. Leyó todas sus obras, pero su máxima admiración seguía siendo Madame Bovary. ¿Por qué? El novelista peruano indaga en los motivos por los que este libro se convirtió en parte de su vida., desde que lo leyó por primera vez en París hasta su profunda indagación en todo lo que tuviera que ver con Madame Bovary. Como Vargas Llosa , Emma está insatisfecha con el mundo mezquino y estúpido en que le tocó vivir. Desea algo más. Algo que su estólido marido y los habitantes de Yonville, simples y cerrados, no pueden proporcionarle. Además hay un interés por el melodrama y, también, por el erotismo que subyace en la novela. Por ejemplo, la obsesión por los pies, que aparece en numerosas ocasiones a lo largo de la narración. Tantos elementos llamaron la atención de Vargas Llosa que inició la lectura de la correspondencia de Flaubert. Así lo expone:

“Quienes las hayan leído, encontrarán extraño que llame estimulantes unas cartas en las que reina el pesimismo más sombrío y chisporrotean las maldiciones contra el hombre en general y contra muchos hombres particulares y donde la humanidad parece, con unas pocas excepciones (casi todas escritores), una masa canalla y grotesca. Pero al mismo tiempo (…) muestran mejor que nada la humanidad de su genio, cómo su talento fue na lenta conquista, cómo, en la tarea de la creación, el hombre está enteramente librado a sí mismo”.

Otro aspecto importante de esta primera parte es que Vargas Llosa se empeña en defender a Flaubert ante cualquier calumnia crítica. Estas se dieron en diversas épocas, tanto en la del autor como en tiempos posteriores. Una de ellas durante la época del Nouveau roman, cuando Nathalie Sarraute sugirió que Madame Bovary era una novela que trataba de nada. Vargas Llosa, escarbando en la Correspondencia, demuestra que Flaubert daba importancia semejante tanto al fondo como a la forma.

¿La segunda parte es, entonces, un estudio objetivo?
En efecto. Está subdividida en dos secciones. La primera es una minuciosa investigación, en forma de preguntas, de cada una de las circunstancias, motivaciones, contactos, y sobre todo el método de trabajo que rodearon la concepción de esta obra maestra. El décimo fragmento pregunta: ¿Cuál era el método de trabajo de Flaubert? Se levantaba al mediodía, desayunaba y daba una hora de clases a su sobrina. A las dos se encerraba en su habitación, con una terraza que daba al Sena.
El autor estudia, después de las circunstancias, el “elemento añadido”, o los elementos que una novela utiliza para diferenciarse de la realidad, de la cual toma prestados algunos elementos. El estilo es muy importante y hay, en primera instancia, una “humanización de las cosas”. Como ejemplo, cuando Emma y su amante están en Rouen el carruaje parece adquirir vida propia mientras sus ocupantes realizan algo adentro, que es sólo sugerido.
El tiempo es otro elemento importante. Hay, en realidad, cuatro tiempos distintos, cada uno con su respectiva conjugación verbal: un tiempo único y singular, que se manifiesta, por ejemplo, en los párrafos primero y último. Es el de la acción y el movimiento y el narrador usa el presente indefinido. Otro es el tiempo circular o de repetición, intercalado con el anterior. En él, el narrador cuenta sucesos que ocurren con reincidencia. Por ejemplo, los tres días de amor que pasan Emma y su amante Leon en Rouen:

“Ella se inclinaba sobre él y murmuraba como sofocada de embriaguez:
-iOh!, ¡no te muevas!, ¡no hables!, ¡mírame! ¡De tus ojos sale algo tan dulce, que me hace tanto bien!
Le llamaba niño:
-Niño, ¿me quieres?”

Hay otro tiempo que es inmóvil. Está más cerca de la descripción que de la acción. La forma verbal es dl imperfecto. “La realidad ficticia mostrada en este plano es exterioridad, forma, perspectiva, textura, color; una presencia plástica, un cuerpo que sólo existe para ser contemplado”.
Por último está el narrador, que controla todos los detalles y aspectos de la obra. Se trata de uno que va cambiando conforme la situación lo exige. Así, la novela empieza en primera persona del plural. Sigue con un narrador omnisciente y aparece, de vez en cuando, uno que se acerca tanto al personaje en su pensamiento que se confunde con él. Se trata del inicio del estilo indirecto libre, que después se convertirá, en Faulkner y Joyce, en el monólogo interior.

¿Es Madame Bovary la primera novela moderna?
Por muchas razones, Madame Bovary puede ser llamada la primera novela moderna. La presencia del antihéroe y el universo del hombre sin atributos, como le llamará más tarde Musil. Caben también la mediocridad y lo anodino de la vida cotidiana sin que, a diferencia de la novela romántica, lo monstruoso y lo sublime se contrapongan. También inicio el monólogo interior con su técnica del “estilo indirecto libre”, así como al narrador impasible que sólo cuenta lo que ve sin involucrarse en la narración. Otro aspecto que se estudia es el contraste entre Flaubert y Brecht. Ambos teóricos de su obra y contrastantes en cuanto a su postura. Mientras Flaubert era un misántropo que detestaba a la humanidad, Brecht tenía una profunda convicción humanista e ideas muy claras de cómo debía ser la literatura para “enseñar” al hombre el camino correcto.
Este pequeño libro es, sin duda, una joya crítica que hace honor a sus dos protagonistas: Gustave Flaubert, el objeto de análisis, y Mario Vargas Llosa, el lúcido discípulo y al más activo autor del boom. Aunque también es un homenaje a Emma Bovary, uno de los personaje más memorables en la historia de la novela.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Fruta verde


Enrique Serna, Fruta verde, Planeta, México, 2006, 310 pp.

Fruta verde, bolero de Luis Alcaraz, es la música de fondo en cada página de la última novela de Enrique Serna. Es la canción que Mauro utiliza para hacer caer las últimas defensas de Germán, después de que todos los medios para seducirlo han fallado. Y es que el bolero, género romántico por antonomasia, puede vencer todas las barreras, incluida la que separa lo “aceptado” de lo “prohibido”, quizá el tema principal de esta novela. Los personajes se hallan constantemente al filo de la navaja, con un pie dentro de sus valores y convicciones y las acechanzas del deseo. La misma letra del bolero parece exponer este punto de no retorno en el que, una vez probada esa “fruta verde”, ya no hay vuelta atrás:

“Sabor de fruta verde
De fruta que se muerde
Y deja un agridulce de perversidad
Boca de manzana, boquita que reza,
Pero que si besa
Se vuelve mala mala…”

Aquí tenemos el Serna más irónico, pero al mismo tiempo más introspectivo. Después de sus novelas históricas ubicadas en el siglo diecinueve y en la colonia regresó a temas que le son familiares: el “amable” mundo literario de El miedo a los animales, la amarga autoironía de Amores de segunda mano o el ojo crítico a la monjigatería y la represión sexual de El orgasmógrafo. se combinan para tejer una telaraña alrededor de tres personajes que, sin darse cuentas, ven cómo todo aquello de lo que estaban seguros se va desmoronando ante las trampas que el deseo les pone a cada paso. En el transcurso hay de todo: cursilería, amores de juventud frustrados, hipocresía, erotismo, seducción. En pocas palabras, un bolero a tres voces, de trescientas páginas y al ritmo de una sintaxis ligera y musical.
La novela está formada por veinte capítulos y una “ofrenda” o coda, escrita por Germán muchos años después de los acontecimientos que constituyen el núcleo de la narración. El narrador es un maestro de ceremonias que apenas se hace notar, dirigiendo las tres voces y describiendo brevemente los escenarios en donde transcurre la narración (el principal, la casa donde viven Paula y sus hijos, en la calle Bartolache, en el D.F. Ahí a Germán le ha ocurrido “lo mejor y lo peor de su vida”). Como si debiera expiar sus culpas, cada personaje tiene su “confesionario” en donde expone frustraciones, deseos e insatisfacciones. Paula habla ante el retrato de Manuela, su madre de España, y muestra su alternancia interna entre la absurda fidelidad a una rígida moral de la que ni siquiera conoce el origen y una profunda insatisfacción por no disfrutar de los placeres de la carne. A la mujer por la que su esposo la dejó la llama “chupapitos”, pero se indigna cuando su segundo hijo le sugiere que debió haberle chupado el pito si quería conservarlo. Maura es un personaje muy complejo, dividida entre su reprimida y un rígido deber ser. Como expone el epígrafe de Jaime Sabines con que inicia la novela: “Todas las madres son criaturas de nuestros sueños”. Ama a Germán pero no soporta que madure.
Su mayor prueba ocurre cuando Pavel, amigo de su hijo, valiéndose de tretas diversas (un conejito, la novela de Vargas Llosa La tía julia y el escribidor) intenta seducirla. Ella argumenta la diferencia de edad, pero lo besa en la cocina de su casa, durante una de las concurridas fiestas que organiza cada sábado (clara reminiscencia a “La última visita”, cuento publicado en Amores de segunda mano y dedicado a Carlos Olmos y amigo de Serna, el autor de Cuna de lobos. ¿Algún parecido con Mauro?). Pero las cadenas mentales son fuertes y Paula no consigue romperlas. En cambio se indigna antes las “faltas a la moral” que los otros comenten: Kimberly, una muchacha de Seattle que tiene relaciones con un amigo de su hijo; o su primo de España, acostumbrado a dormir con su esposa y una sobrina adoptiva. También comenzará a tener discusiones con Germán, su hijo mayor, quien está descubriendo el mundo exterior y ya no está dispuesto a acatar ciegamente sus disposiciones.
Germán también tiene su confesionario. La novela misma, como se verá al final, cuando expone sus dificultades para relacionar su relación con Mauro y la vida de su madre, pues se ha enterado muy tarde de la relación entre ésta y Pavel. Pero es en las páginas de su diario donde desnuda su intimidad con un detalle y desenfado que recuerdan a Alan Hollinghurst, el autor de novelas de iniciación homosexual como La estrella de la guarda o La línea de la belleza:

“Yo tengo la culpa de que tú seas mala, boca de chavala que yo enseñé a besar, cantaba Ana María González en la cúspide del frenesí, cuando de pronto Mauro lanzó un sorpresivo asalto a mi verga con una rapidez de cobra. No, por Dios, alcancé a protestar, pero una erección categórica le restó autoridad a mi queja. Caliente y asustado a la vez, intenté una débil y tardía resistencia verbal desmentida por mi quietud. Durante los breves instantes en que Mauro me sacó el pito de la bragueta y se lo metió en la boca, debo haber repetido quince veces la palabra no y ent todo momento mi negativa quería decir sí. Mauro es un mamador excelso, que domina a la perfección el arte de chupar sin morder el glande, y gracias a su destreza bucal la intensidad del placer ahogó mis protestas. Al eyacular no me permitió retirar el pene de su boca y se tragó el semen con avidez, aunque un chisguete blanco demasiado potente quedó embarrado en el brazo del sofá”.

Su dilema es personal y universal al mismo tiempo, puesto que es un joven que, aunque constantemente se diga a sí mismo que ya es adulto, está definiendo muchas cosas aún, entre ellas su sexualidad; situación que Mauro, un dramaturgo tabasqueño venido a menos por las políticas culturales de Margarita López Portillo, aprovecha para seducirlo, valiéndose de sus puntos débiles: el deseo de convertirse en escritor y su avidez hacia todo lo que implique cultura (como las obras de Óscar Wilde); su rebeldía ante los valores burgueses (y por tanto, su aprecio hacia las minorías despreciadas) y su dificultad para relacionarse con las mujeres, que ha comenzado con su decepción por Berenice, la novia que lo dejó por un amigo y que le hace llorar al ver Esplendor en la hierba, de Elia Kazan. Esto lo aprovecha Mauro para acariciarlo, lo cual hace poner furioso a Germán y gritarle “Entiéndelo de una vez. No soy homosexual”. Esta reacción casi hace perder la vida a Mauro, quien en su desesperación por no poder seducir a Germán se lanza a las calles y es linchado brutalmente por unos juniors.
Mauro, al contrario que Germán, tiene mucha experiencia en la vida y en el sexo. Su confesionario es “La chiquis”, director de la agencia de publicidad. Con él habla de cosas superficiales: seducir a “bugas” o heterosexuales, la última aventura con un taxista o los ligues de juventud, pero también de aspectos más profundos, como el deseo de tener una pareja estable. Sin embargo, Mauro contrarresta la frivolidad de su ambiente poniendo a Germán en un altar. Lo desea como una pareja, no como a una aventura. Pero esto le causa serios conflictos. Como dice “Chiquis”, aventureras como ellas no pueden tener estabilidad. Por ello Germán se resigna:

“Necesitaba, quizá, suplir sus carencias en los brazos de un amante sin melindres. Con Germán podría ventilar sueños, compartir pasiones literarias, retroalimentar su creatividad. Para la jodienda más le valía buscarse a otros. Eso significaría tener el alma partida en dos. ¿Pero no había partido también su vocación de escritor? ¿No escribía teatro por necesidad expresiva y televisión para ganar dinero? Pues tampoco en el amor podía aspirar a la plenitud. Ni modo, le había tocado vivir en un país defectuoso, hemipléjico, en donde la gente amaba de perfil, se prostituía a medias, cambiaba de identidad al gusto de su auditorio. Fue a buscar la libreta de teléfonos y marcó el número de Felipe, el sobrecargo.
-Hola, mi cielo. He tenido sueños muy sucios pensando en ti. ¿Tienes algo que hacer mañana en la tarde?”

La narración va, ágilmente, mostrando el aprendizaje de Germán. Del primer capítulo, que muestra a una diligente Paula Recillas mecanografiando un cuento de su hijo, mientras imagina al gran escritor en que se convertirá, hasta las fuertes peleas a causa de los desvelos de Germán, sus amigos, a los que Paula ve con muy malos ojos, sus ideas sociales, sus diferencias sobre la moral y la sexualidad y sobre todo su íntima relación con Mauro, (quien incluso le dedica un libro y le da un sitio de honor en la presentación de su nueva obra de teatro); como en la vida, las aguas parecen volver lentamente a su curso. Pero no de la misma manera. Ellos han cambiado. Se han visto confrontados directamente con la vida y sus contradicciones. La ofrenda es una recapitulación a posteriori, pero ya Germán, Paula y Mauro se ha visto en espejos de cuerpo entero: los mismos seres, pero se han transformado. No se puede decir que el cambio sea bueno o malo. Simplemente son seres con nuevas experiencias. Quizá la mayor virtud de Fruta verde sea mostrarnos el cambio en los personajes de una manera tan natural y en un constante dialogar consigo mismos mientras analizan sus errores: una de las mayores virtudes de la narrativa de Serna.
Fruta verde es una novela provocativa. Lidia con temas difíciles y actuales y sale bien librada. Si en El miedo a los animales el autor ya se había mostrado polémico, con su última novela demuestra que jamás perderá sus mejores cualidades. Ya sea ante la homofobia, la represión sexual o el mundillo cultural, Serna siempre tendrá un as bajo la manga: la ironía despiadada que no deja títere con cabeza. Aunque esta vez unida a un homenaje manifiesto en el último capítulo: Ofrenda a los seres queridos que dejaron una huella imborrable en ¿Germán? ¿Enrique Serna? Aunque las leyes de la narrativa interpongan una barrera entre el autor y sus personajes, queda la pregunta en el aire.