martes, 24 de julio de 2007

Como si fuera la primera vez


¿Por qué amamos a las mujeres? Hay muchas respuestas para una pregunta tan universalmente planteada. Lo hacemos porque nos dan protección, cariño, seguridad, una sensatez de la cual carecemos y, cuando nos esforzamos lo suficiente, amor. Sin embargo, quiero creer que una gran cantidad de hombres experimenta, de vez en cuando, algo parecido a enojo contra el género femenino, y que la gran mayoría ha sentido, en algún momento de su vida, una profunda decepción. Sé que suena incómodo; todos somos hijos de una madre, y sin las mujeres estaríamos incompletos, temerosos y amargados. El enojo contra el género femenino es una metonimia. Esta figura retórica consistía en hablar del todo señalando sólo una parte. Pues bien, supongo que cuando estamos enojados con el género femenino es por una de sus representantes. Lo mismo que cuando una mujer exclama el conocido cliché: Todos los hombres son iguales. No hay motivo para semejante afirmación. Basta echar un vistazo para darse cuenta que hay de todos los tamaños, olores, colores y caracteres. Pero una mala experiencia es suficiente para echar la culpa a todos.
Es difícil hablar de la experiencia de otros. Cuando uno lo hace se está viendo en el espejo. Podemos escuchar a nuestros amigos reclamar lo mal que los han tratado en alargadas borracheras; oír que un súbito sentimental está deseoso de llevar serenata al balcón más cercano o soportar al charlatán en curso fingiendo ser Casanova. Pero a fin de cuentas sólo conocemos nuestra propia experiencia; y ésta sesgadamente. ¿Quién es capaz de afirmar que puede saber con certeza por qué sus relaciones con las mujeres han sido de una forma específica y no de otra?
Debo confesar que me encantan las mujeres. Me fascinan sus desplantes matemáticamente planteados; Adoro sus negativas de último momento; Me parece encantador que se alejen de ti cuando estás desangrándote y necesites que alguien te cure. Interrogo profundamente a la vida cuando aparece una que podría llenarte completamente en todos los sentidos, pero pertenece a alguien más afortunado. En pocas palabras, me agrada de ellas lo que generalmente se detesta. Suena irónico, lo sé. ¿En cuantas ocasiones no he sentido deseos de convertirme en un amargado misógino? No me alcanzarían los dedos de la mano. Constantemente me pregunto a mí mismo. ¿Y ahora en qué fallé? No parecen haber muchas respuestas. Ellas lo tienen. Sí, eso llamado sexto sentido, y parecen olerte a una gran distancia. Tu inseguridad no se les escapa. Tampoco el olor a sexo de otra mujer impregnado en tu piel. Además, parecen estar más conscientes de sus deseos. Cuando es no, simplemente es no. Tajante y directo. Hace un tiempo intenté conquistar a una damisela poblana. Por más tiempo de lo habitual en mí. Y no es que fuera excesivamente bella. Simplemente me parecía inteligente y algo atractiva. La chica en cuestión me mantuvo dos meses en suspenso y al final se negó por completo. Mujeres. Seguimos su juego hasta las últimas consecuencias, aunque a veces nos manden mensajes insultantes, nos nieguen un beso o hagan el amor solamente una vez con nosotros y luego se vayan, afirmando que necesitan ser realmente “amadas” o tienen un “anhelo”.
Dice Martin Amis que los prejuicios son odios de segunda mano. Jamás debemos usarlos contra el género femenino. Terminarán volviéndose contra nosotros. Los prejuicios flotan en el aire. Son una creación cultural. ¿Por qué han sido los roles entre géneros establecidos de una manera y no de otra? ¿Por qué una mujer debe aceptar a un príncipe azul y no a uno verde o morado? ¿Cuál es el motivo de fondo por el cual se piensa que determinadas jovencitas están en la universidad mientras se casan? ¿Si una mujer no llega virgen al matrimonio vale menos? Estamos tan sumergidos en ideas preconcebidas, enseñanzas culturales del año del caldo y absurdas conclusiones que difícilmente hay posibilidades de experimentar lo que deseamos. A lo más que se puede aspirar es a conocer un poco más a las mujeres no como quisiéramos que fueran, sino simplemente como son.
¿Pero cómo son, simplemente? Largas horas meditando para no llegar a ninguna respuesta plausible. Quiero decir, no encuentro el hilo de la madeja. O mi pobre mente, trastornada después de tantos años de existencia en este planeta, ya no funciona como antes. O he conocido a tantas mujeres sin nada en común, que no encuentro un factor que pueda unirlas en un ente único. Probablemente, el error consista en querer englobar a un ser único y particular, en una categoría general. Al hacer esto se incurre en pereza mental. En vez de tratar de conocer al ente particular y, a partir de él comenzar a plantearse una teoría, uno pretende usar la categoría general “mujeres” y encorsetarla en un individuo.
Cuando se conoce a uno de esos seres a los que se llama “mujeres” probablemente se experimenten muchas emociones. ¿Pero tienen que ver con lo que ya sabemos de “ellas”, tal como se nos ha hablado desde la televisión, las revistas, la familia, la sociedad y un largo etcétera, o tienen que ver con algo que realmente se siente? Creo que el segundo sentimiento es el más honesto. No hay prejuicios de por medio. No hay falsas ilusiones. Ver la realidad, implica ir más allá de los conceptos. No a través de la palabra “mujer” y su compleja carga semántica. No a través de nuestra historia personal, con sus fracasos y éxitos. Sólo ver a ese ser como si se contemplara por primera vez.
Difícil, no hay duda. Los ojos transmiten al cerebro información. Complejos mecanismos neuronales y hormonales traicionan nuestras sensaciones cuando algo realmente bello aparece ante las pupilas. Y de inmediato, una serie de filtros y recuerdos hacen estragos. ¿Cómo evitarlos? ¿Cómo lograr ver algo como si fuera la primera vez? Sería interesante cerrar los ojos, imaginar algo puro. Algo que no estuviera contaminado por las quimeras de la mente. Y al abrirlos, darse cuenta de que hay algo que tiene el pelo largo, que donde un hombre tiene plano, ella tiene hermosas prolongaciones redondeadas y suaves. Y que tiene una voz suave y huele bien. Esos son todos los datos.
¿Y luego qué? Tal vez esta reflexión deba prolongarse en una segunda parte.

sábado, 21 de julio de 2007

Más profundo que el púrpura


Hablar de Deep purple es hablar de un emblema, una institución y un conjunto de músicos maravillosos. Para aquellos que no crecimos escuchando su música (eso correspondería a nuestros padres, madres y en ocasiones a nuestros abuelos), esta banda tenía un sonido un poquito extraño al que no era fácil acostumbrarse al principio. Un órgano en escalas menores creando un muro de sonido que hacía pensar en una iglesia psicodélica después de una orgía. Una guitarra que después de un rato de estar en segundo plano pasaba al protagonismo absoluto con solos maravillosos. Una batería flotando ligeramente en medio de los otros instrumentos, como si estuviera a un punto de salirse del ritmo, sin hacerlo nunca y regresando siempre al punto de partida. Y una voz que llevaba la melodía de un lado para otro en los tonos más agudos posibles, como el grito ritual, tribal y sumamente catártico de “Child in time”. ¿Qué más se puede pedir a una banda de rock, sino la dosis perfecta de anarquía, cinismo y energía sexual que Deep purple logran imprimir a cada una de sus canciones? Y lo mejor es que, con el paso de los años, no desaparece ni un ápice de su potencia sonora. Al contrario, basta escucharlos para regresar a un idóneo paraíso sónico en donde las botellas de whiski están siempre al alcance de la mano, los peores desastres son simples días de campo o donde la chica más extravagante y extraña puede ser nuestra toda la noche con solo susurrarle algo al oído.
La formación más emblemática tiene su origen en 1969, cuando el bajista Roger Glover y el cantante Ian Gillan entraron a la banda. John Lord, quien tocaba el pesado órgano hammond, decidió presentar su Concierto para grupo y orquesta en el Royal Albert Hall de Londres. Después vino In rock, en donde los rostros de los integrantes estaban grabados en el monte Rushmore, como si fueran los más destacados presidentes. En este disco vienen incluidos clásicos como Child in time o Speed King, una canción rápida y furiosa en la que se vaticina el futuro del heavy metal tal como lo tocarían Metallica, Judas priest o Iron maiden. El éxito no se hace esperar. Hay una larga gira y luego la grabación del disco Machine head. Aquí se hallan los indiscutibles clásicos: Highway star y Smoke on the wáter, basada en un accidente en Motreux, Suiza, cuando en medio de un concierto de Frank Zappa y sus Madres de la invención y alguien inició un incendio. No contentos con eso, en Japón grabaron Made in Japan, el disco en vivo más vendido de la historia.
Pero entonces comenzaron los problemas de la banda, e Ian Gillan los dejó para hacer un proyecto en solitario. Entra Glen Hugues como reemplazo de Robert Glover, a quien expulsaron los otros miembros, y David Coverdale, futuro cantante de esa banda emblemática del glamm rock llamada Whitesnake, como vocalista. Se graba Burn, un disco funky en la que destaca la canción homónima.
Poco tiempo después se fue el guitarrista Ritchie Blackmore para crear su grupo Rainbow, y la banda grabó un disco más antes de la separación. Serían ocho años después cuando al fin se reunieran de nuevo para grabar Perfect strangers. Pero Ian Gillan dejó de nuevo la banda y entró Joe Lynn Turner para grabar Slaves and masters. Sin embargo, este vocalista no daba la talla e Ian Gillan fue de nuevo reclutado para grabar The battle rages on.
Durante la gira de promoción surgió de nuevo una lucha de egos entre el cantante Ian Gillan y el guitarrista Ritchie Blackmore. Ambos parecían disputarse el liderazgo sobre la banda y ninguno parecía muy cómodo con el otro. Hay una escena de la canción Highway star en la que Blackmore entra tarde (Gillan le hace una reverencia bastante irónica) y comienza a tocar su solo, pero lo acorta y se lanza hacia los riffs finales de la canción. Luego, se dirige con rostro adusto a un amplificador, toma una botella de agua y la lanza al cantante. Sigue tocando, sin comprometerse mucho con los demás miembros, y después sale del escenario.
En entrevistas separadas, ambos miembros de la mítica banda han manifestado sus profundas diferencias. Ian Gillan ha dicho, tajantemente, que nunca desea volver a hablar con el pendejo de Ritchie. Las diferencias son insalvables y además son personales. Sugiere que cuando el guitarrista se retiró de la banda, y debieron reclutar a Joe Satriani para concluir la gira por Japón, las cosas mejoraron. Gillan piensa que la carrera de Blackmore es sumamente errática e imprecisa. ¿Qué es todo eso de la música medieval? Ian debió hacer una crítica anónima de Blackmore´s night (el grupo de Ritchie y su esposa, Candice Night), sospechando que se trataba de su ex compañero de banda, y al compararla con una canción del guitarrista Jeff Buckley (Hallellujah), concluye que el sonido es malo para un artista de esa categoría. Blackmore, en una entrevista de los setenta, había mencionado cómo las cosas se habían salido de control debido a los excesos, y su deseo por golpear a Ian, lo cual debía hacerse con ayuda de amigos suizos, porque probablemente el cantante era mejor peleador.
¿Qué provoca que dos amigos cercanos se distancien al grado de decir las peores cosas uno sobre el otro? La respuesta está flotando en el viento. Se llama ego. Esa partecita del alma en cada uno de nosotros a la que Freud llamó id. Este gusanito que come a pedazos el corazón, dejándolo en los huesos y haciendo de la persona más sensata e inteligente un niño berrinchudo o un troglodita. En realidad, el ego, cuando hay algo por qué manifestarlo (Blackmore es considerado uno de los guitarristas más influyentes no sólo del rock, sino de la historia de este instrumento. Ian Gillan tenía una voz a la que ningún otro cantante podía aspirar. Podía entonar las notas más altas sobre la guitarra de Blackmore). El ego es algo con lo cual es difícil lidiar. Es un pasado de lanza que parece no satisfacerse con el banquete más exquisito. Siempre quiere más. Y si no puede conseguir más, porque casi siempre la realidad coloca un freno ante él (el señor Freud bautizó esta barrera como principio de realidad) tratará de pasar por encima, aunque provoque cualquier desastre.
Blackmore fue reemplazado por Steve Morse. A partir de entonces la banda grabó algunos discos más: Purpendicular (1996), Abandon (1998)Bananas (2003) y Rapture of the deep (2005). No hay duda de que esta banda ha sobrevivido todo, y siguen haciéndolo, trayendo la tormenta (Stormbringer) en cada una de sus presentaciones y con cada uno de sus discos. Ojalá que haya oportunidad de sumergirnos aún más hondo en el púrpura.